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“No se ve bien sino con el corazón” (Lucidez)
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El verdadero amor sabe mirar. Presupone y, a la vez, facilita
una pedagogía de la mirada. Una mirada que se transforma en respeto, en
querer lo mejor para el otro. Esa lucidez sincera se convierte en terapia
contra la ingenuidad y la amargura. Y es que no todo lo que llamamos amor es
amor (¡cuánto necesitamos del discernimiento!). |
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El
amor respeta, no salta etapas, comprende y acaricia con la mirada. Arroja
luz sobre nuestra vida y nuestra realidad. El amor nos ofrece lucidez para
llamar a las cosas por su nombre (y esto no es tan fácil como nos creemos),
para animarnos a trabajar, a sacrificarnos. Lucidez para descubrir y cumplir
el deber, para ser consciente de los sentimientos que se producen en nuestro
interior y de los sentimientos que estamos provocando en otros; es fuerza
que nos hace salir de nosotros mismos. |
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“El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu
rosa sea importante” (Generosidad)

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El verdadero amor siempre tiende a darse, es activo. Presupone y, a la vez,
facilita una pedagogía de la justicia. Esa generosidad, esa bondad se
convierte en terapia contra el derroche y la cicatería. |
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El amor termina en obra, en hecho, en detalle cotidiano, pequeño, casi
insignificante... Y es que trabajar “lo pequeño” también es propio del amor.
Hay que “poner el amor más en las obras que en las palabras”, decía S.
Ignacio. Es fecundo, es eficaz. Hace no que demos cosas, sino que NOS
demos... en tiempo, en energías, en ganas, en vida. Pone al otro en primer
lugar sin quitarnos valor a nosotros mismos, porque nos hace valiosos...
Es también aventura y riesgo. Y es esfuerzo. Lo contrario sería caer en lo
que Gandhi llamaba la “riqueza sin trabajo” o el “placer sin conciencia”. |
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“Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré
a ser feliz desde las tres”. (Agradecimiento)


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Cuando nos sentimos amados, no podemos más que sentir agradecimiento (y no
hay fuerza humana que nos movilice más profundamente que el
nos movilice más profundamente que el
agradecimiento). |
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Presupone y, a la vez, facilita una pedagogía de la humildad. El amor
muestra atención, sincero agradecimiento. El agradecimiento y la humildad se
convierten en terapia contra la autosuficiencia, la soberbia, la mala gana y
la indiferencia, la queja permanente... Amar es aprender a sentirnos
agradecidos por ser amados. Porque en eso no tenemos nosotros la iniciativa.
Somos amados porque otro nos ama.
El amor es la “manera humana” de estar en el mundo. Nunca es un refugio, o
una huída, o una compensación. El amor no facilita las cosas ni nos hace la
vida necesariamente más fácil. No soluciona problemas, en muchos casos, los
causa. Pero el amor nos abre al mundo, al otro, a nuestro yo más auténtico,
a Dios. Tiene el poder de transformar al rival en hermano, al objeto en
persona. Por último, el amor también es fortaleza. Hay un tipo de fortaleza
que hace lo que debe hacerse no por ser fácil o emocionante, sino
sencillamente porque merece la pena. Y yo le llamaría fortaleza al amor. No
hay ninguna razón (que nos humanice, claro está) para compartir el dolor más
que el amor. El dolor no puede ser “abrazado” más que llenándolo de amor. El
es el fuerte: lúcido, generoso, agradecido… |
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