Carmelitas Descalzas

"VIVIR EN OBSEQUIO DE JESUCRISTO"                     

Obras Santa Teresa de Jesús.

Introducción al libro " CAMINO DE PERFECCIÓN".

 

El estreno como escritora con el Libro de la Vida no pudo ser más afortunado. Los lectores primeros, examinadores letrados y confesores, fueron explícitos: es «de gran provecho para avisos de cosas espirituales» (CC 53,8). Dos circustancias convergentes accionan sobre los consejeros de Teresa: el miedo institucionalizado que grava a la Iglesia con relación a los «espirituales», a los «místicos», y que condena al Libro de la Vida al secretismo absoluto; y la neonata reforma, que reclama una palabra iluminadora, una catequesis sobre su carisma.

 Por eso el consejo-mandato: que «hiciese otro librillo para sus hijas».

 1. Génesis y proceso redaccional

 Llueven las presiones: «me han tanto importunado que les diga algo de ella [la oración]»[1], que «me he determinado a obedecer» (pról.1). A fin de cuentas, aparte de su experiencia, tenía reciente acopio de doctrina que llevar al papel: la que venía ofreciendo en sus catequesis conventuales a sus hermanas: «muchas veces os lo digo, ... y ahora lo quiero dejar escrito aquí»[2]

 Con toda probabilidad en 1566 se pone a escribir. Bajo la presión mística y el gozo de una maternidad espiritual recién estrenada. Aquélla, en buena medida, ha quedado remansadamente bullente en Vida, libro al que se refiere varias veces[3]; ésta, con todo el futuro por delante, prometedor, empeñativo por el empuje del presente[4]. Una y otra sobre el bastidor de una Iglesia en efervescencia, agitada por fuerzas contrapuestas.

 Teresa estaba en llamas. Y el fuego saltó al libro. Ella no podía frenar el movimiento que la llevaba en volandas. Escribe: «¡ojalá pudiera yo escribir con muchas manos para que unas por otras no se me olvidaran! (CE 34,4). Muchas cosas disparó por la punta afilada de su pluma: la depauperación intelectual, particularmente de la mujer; la reducción de ésta al silencio e inoperancia en la comunidad eclesial; la tesis, comúnmente sostenida, de que «no es necesaria la oración mental».

 Demasiado para lo que le habían pedido. Los tiempos, además, no estaban para esos ejercicios de libertad caliente. El examinador llegó a sentirse incómodo, y escribió al margen en un determinado momento: «parece que reprende a los inquisidores que prohíben libros de oración» (CE 36,4).

 Y le ordenan que vuelva a escribir la obra. Reelaboración que acomete sin tardanza. Y, ciertamente, con ánimo de no renunciar a su pensamiento, aunque limara expresiones y cuidara al máximo la traducción de su experiencia y visión del carisma vocacional que, en ella, el Espíritu regalaba a la Iglesia.

 Y pasó el filtro de la censura de los meticulosos y miedosos consejeros.

 Andando el tiempo, extendiéndose el Carmelo descalzo fememino, y queriendo salir al paso de las defectuosas transcripciones de su obra, decide mandarla a la imprenta. Dos confesiones de dos amigos y confidentes nos ayudan a entrar en el ánimo teresiano: «cuando venían a sus manos [los traslados de su obra], decía: Dios los perdone a mis confesores que dan lo que me mandan escribir, y ellos por quedarse con ello trasládanlo y truecan algunas palabras, que ésta y ésta no es mía, y luego las borraba y ponía entre renglones de su letra»[5].

 Y el primer editor de Camino, D. Teutonio de Braganza, en la carta que antepuso a la edición, escribió: «pidiéndome encarecidamente lo mandase yo imprimir ...; porque habiendo algunos traslados de mano, halláronse muchas cosas trocadas de como ella las había escrito, lo cual se remediaría con la impresión»[6].

 Este largo proceso redaccional se explica por el contexto histórico y por el ánimo de una mujer que se sabía, y quiso ejercer con libertad, miembro de una Iglesia en trance de cambio.

 Ya en Vida se había pronunciado abiertamente sobre «letrados» y «espirituales» y, por supuesto, sobre la oración personal como fuerza transformadora; y había hablado de la experiencia espiritual de las mujeres, despachándose con vigor sobre los miedos al demonio (V 25,22) y a la inquisición (V 33,5-6). Todo esto vuelve a Camino, con una afirmación de entrada: «los juecen de este mundo [son]  ... todos varones», y «no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa» (CE 4,1 nota). No temiendo en calificar de «falsos profetas» (CE 73,1) a quienes, desde la posición que sea, se oponen a la práctica de la oración, a que los libros -la cultura- llegue a todos. Es «opinión del vulgo» (C 21,10), la de quienes, «desatinados» actúan de «desatinadores». Se dirige a éstos: «pienso que no os entendéis, y así queréis desatinemos todos; ni sabéis cuál es oración mental, ni cómo se ha de rezar la vocal, ni qué es contemplación» (C 22,2).

 A poner un poco de luz y bastante más de libertad se consagra Teresa de Jesús en Camino, escribiendo una mujer para mujeres dispuestas a jugar su papel en la Iglesia. Pero, por encima de las bardas de su conventito abulense, se dirige a todos en la propuesta que hace y en el estilo con que la presenta.