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Edith
Stein
era una mente -hebrea y polaca- buscadora de la verdad. A pesar de
lo insólito en mujer de aquel entonces, acudió como si varón sesudo
fuese, a cursar estudios en la Facultad de Filosofía. “Soy incapaz
de creer en la existencia de Dios”, decía a sus compañeros -todos
varones- de Universidad. Tenía a la sazón ventiún años.
En Gotinga impartía lecciones Edmund Husserl, considerado
fundador de la moderna fenomenología, y allá va la Stein a meterse
en honduras por caminos nuevos o que al menos parecían serlo. No era fácil
admitir la elevación de la racionalidad femenina a cotas de
magisterio intelectual. Pero Edith es mujer determinada y se
convierte en aventajado discípulo de Husserl. Cuando el maestro se
traslade a Friburgo, será su ayudante predilecto, y poco después
ocupará y sentar cátedra.
Edith Stein, en 1921, en casa de un amigo, toma al azar un
libro de la biblioteca: es la Vida de Teresa de Jesús:
“Comencé a leer, y me fascinó tanto que lo leí de un tirón. Cuando
cerré el libro, tuve que confesarme a mí misma: esta es la verdad”.
En 1922, a los treinta años, la primer discípulo de Husserl- mujer
polaca y hebrea- se bautizaba en la iglesia católica. Su conversión
recuerda la de otro intelectual insigne que buscó apasionadamente a
Dios: Agustín de Hipona.
“Todo el que es de la verdad escucha mi voz”, dijo
Cristo Jesús. Quien le busca, le encuentra, y la razón es un buen
camino, largo, si anda sola, pero bueno. Todo camino es bueno cuando
se emprende con serio afán de hallar la verdad; porque si es
verdadero el deseo, Dios ya está allí, y acompaña con elocuente
silencio hasta el final.
En las obras de Stein - por ejemplo, en “Husserls Phanomenologie und
die Philosophiae des hl. Thomas Aquin” -se encuentran minuciosos
análisis que descubren ocultas conexiones entre el Doctor de Aquino
y Edmund Husserl (Millán Puelles también llegó a Santo Tomás después
de estudiar a Husserl).
Edith Stein comprende que no hay disyuntivas: ella o Dios, lo
inmanente o lo trascendente, lo finito o lo infinito, intuición o
análisis, especulación o experiencia.
Edith Stein comprende la verdad de un pensador tan
racionalmente riguroso como Tomás de Aquino; así como la verdad tal
como es conocida por el místico - tan lleno de doctrina como de
poesía - San Juan de la Cruz; y ya sabemos de la fascinación
suscitada por la verdad expresada y vivida al modo de Santa Teresa
de Avila.
En 1934, Edith Stein entra en el Carmelo, en Colonia, con el
nombre de sor Teresa Benedicta de la Cruz. Ha de huir de la persecución
contra los judíos y marcha a Holanda, donde escribe “Scientia
crucis”. El 2 de agosto de 1942, dos oficiales de la SS se presentan
en el monasterio. Imposible resulta detenerles. Un tren la conduce
el 9 de agosto a Auschwitz, donde, sin más trámite, directamente
pasa a la cámara de gas.
El Papa Juan Pablo II beatificó a Edith Stein,
carmelita judío-polaca, mujer pensante que insólitamente ocupó en la
Europa de los años 30 una cátedra de Filosofía; ella que a los
veintiún años era incapaz de creer en Dios; primera hebrea,
seguramente, que - lejos de encontrar obstáculo en la razón para la
fe - dio por ella su vida hasta el martirio.
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