edith stein

 

filósofa y santa

Richard Capra

Edith Stein era una mente -hebrea y polaca- buscadora de la verdad. A pesar de lo insólito en mujer de aquel entonces, acudió como si varón sesudo fuese, a cursar estudios en la Facultad de Filosofía. “Soy incapaz de creer en la existencia de Dios”, decía a sus compañeros -todos varones- de Universidad. Tenía a la sazón ventiún años.

           En Gotinga impartía lecciones Edmund Husserl, considerado fundador de la moderna fenomenología, y allá va la Stein a meterse en honduras por caminos nuevos o que al menos  parecían serlo. No era fácil admitir la elevación de la racionalidad femenina a cotas de magisterio intelectual. Pero Edith es mujer determinada y se convierte en aventajado discípulo de Husserl. Cuando el maestro se traslade a Friburgo, será su ayudante predilecto, y poco después ocupará y sentar cátedra.

           Edith Stein, en 1921, en casa de un amigo, toma al azar un libro de la biblioteca: es la Vida de Teresa de Jesús: “Comencé a leer, y me fascinó tanto que lo leí de un tirón. Cuando cerré el libro, tuve que confesarme a mí misma: esta es la verdad”. En 1922, a los treinta años, la primer discípulo de Husserl- mujer polaca y hebrea- se bautizaba en la iglesia católica. Su conversión recuerda la de otro intelectual insigne que buscó apasionadamente a Dios: Agustín de Hipona.  

         “Todo el que es de la verdad escucha mi voz”, dijo Cristo Jesús. Quien le busca, le encuentra, y la razón es un buen camino, largo, si anda sola, pero bueno. Todo camino es bueno cuando se emprende con serio afán de hallar la verdad; porque si es verdadero el deseo, Dios ya está allí, y acompaña con elocuente silencio hasta el final.

           En las obras de Stein -  por ejemplo, en  “Husserls Phanomenologie und die Philosophiae des hl. Thomas Aquin” -se encuentran minuciosos análisis que descubren ocultas conexiones entre el Doctor de Aquino y Edmund Husserl (Millán Puelles también llegó a Santo Tomás después de estudiar a Husserl).

           Edith Stein comprende que no hay disyuntivas: ella o Dios, lo inmanente o lo trascendente, lo finito o lo infinito, intuición o análisis, especulación o experiencia.

           Edith Stein comprende la verdad de un pensador tan racionalmente riguroso como Tomás de Aquino; así como la verdad tal como es conocida por el místico - tan lleno de doctrina como de poesía - San Juan de la Cruz; y ya sabemos de la fascinación suscitada por la verdad expresada y vivida al modo de Santa Teresa de Avila.

           En 1934, Edith Stein entra en el Carmelo, en Colonia, con el nombre de sor Teresa Benedicta de la Cruz.  Ha de huir de la persecución contra los judíos y marcha a Holanda, donde escribe “Scientia crucis”. El 2 de agosto de 1942, dos oficiales de la SS se presentan en el monasterio. Imposible resulta detenerles. Un tren la conduce el 9 de agosto a Auschwitz, donde, sin más trámite, directamente pasa a la cámara de gas.  

         El Papa Juan Pablo II beatificó a Edith Stein, carmelita judío-polaca, mujer pensante que insólitamente ocupó en la Europa de los años 30 una cátedra de Filosofía; ella que a los veintiún años era incapaz de creer en Dios; primera hebrea, seguramente, que - lejos de encontrar obstáculo en la razón para la fe - dio por ella su vida hasta el martirio.

        

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