La Mujer como
Miembro del Cuerpo Místico de Cristo
Por Edith Stein
1. Puesto de la mujer en la Iglesia
La finalidad de la formación religiosa consiste en hacer que los
jóvenes encuentren su puesto en el Cuerpo místico de Cristo, el lugar
que para ellos ha sido preparado desde la eternidad. Todos los que
participan de la redención se transforman en hijos de la Iglesia, y en esto no
hay diferencias entre hombres y mujeres. La Iglesia no es sólo la
comunidad de los creyentes, sino también el Cuerpo místico de Cristo, es
decir, un organismo en el que los individuos asumen el carácter de miembro
y de órgano, y por naturaleza los dones de uno son distintos del otro, y
del todo; por eso la mujer en cuanto tal tiene un puesto particular
orgánico en la Iglesia. Ella está llamada a personificar, en el desarrollo
más alto y puro de su esencia, la esencia misma de la Iglesia, a ser su símbolo. La formación de las
muchachas y de las jóvenes tiene que conducir hacia estos grados de
pertenencia a la Iglesia.
La primera condición necesaria para comprender esta función consistirá en
conocer con claridad cuál es la esencia de la Iglesia. Para la razón
humana es particularmente accesible el concepto de Iglesia como comunidad
de los creyentes. Quien cree en Cristo y en su Evangelio, quien espera sus
promesas, se une a Él por amor y observa sus mandamientos, se liga en la
más profunda unidad de pensamiento y de amor con todos aquellos que tienen
la misma convicción. Aquellos que vivieron en torno al Señor durante su
vida terrenal, se convirtieron en el fundamento de la gran comunidad
cristiana: la propagaron, dejando como herencia a los tiempos venideros el
tesoro de la fe encerrada en ella.
Si la sociedad humana natural es más que una simple agrupación de
individuos y, como se puede constatar, ésta se funde en un tipo de unidad
orgánica, esto vale con más razón para la sociedad sobrenatural que es la
Iglesia. La unión de la persona con Cristo es algo muy distinto de la
unión entre personas humanas: es radicarse en Él y crecer en Él (así nos
dice la parábola de la vid y los sarmientos); inicia con el bautismo y se
afianza siempre más con los otros sacramentos, asumiendo en cada individuo
una orientación diversa. Este real hacerse‑uno con Cristo conlleva el
transformarse en miembros los unos de los otros para todos los cristianos.
Y así la Iglesia se convierte en el Cuerpo de Cristo. El Cuerpo es un
cuerpo vivo, y el espíritu que lo vivifica, es el Espíritu de Cristo, que
se transmite de la Cabeza a los miembros; el espíritu que se difunde de
Cristo es el Espíritu Santo, por eso la Iglesia es templo del Espíritu
Santo.
A pesar de la unidad real, orgánica, entre la Cabeza y el cuerpo, la
Iglesia está frente a Cristo como persona independiente. En cuanto Hijo
del Padre eterno, Cristo vivía antes que el tiempo y que todos los seres
humanos. Con la creación la humanidad comenzó a vivir antes que Cristo
asumiese la naturaleza y entrase en ella. Y cuando entró, llevó consigo su
vida divina. Con la redención la hizo receptiva y la llenó de gracia: la
ha generado de nuevo. La Iglesia es la humanidad nuevamente generada,
redimida por Cristo. La primera célula de la humanidad redimida es María:
ella fue la primera en la que se actuó la pureza y la santidad de Cristo,
la plenitud del Espíritu Santo. Antes de que el Hijo del hombre naciese de
esta Virgen, el Hijo de Dios creó esta Virgen llena de gracia, y en ella y
con ella creó la Iglesia. Por eso María, en cuanto criatura nueva, está a
su lado, aunque esté ligada indisolublemente a él.
Y así cada alma, purificada por el bautismo y elevada el estado de gracia,
es generada por Cristo y dada a luz por Cristo. Pero es generada en la
Iglesia y dada a luz por medio de la Iglesia. De hecho, es por medio de
los órganos de la Iglesia que todo nuevo miembro es formado y llenado de
vida divina. Por eso la Iglesia es la madre de todos los redimidos. Pero
lo es por su unión íntima con Cristo: ella es la sponsa Christi, que está a su lado
y colabora con Él en su obra, la redención de la humanidad.
Órgano esencial en esta maternidad sobrenatural de la Iglesia es la mujer,
fundamentalmente con su maternidad corporal. Para que la Iglesia alcance
su perfección, -ligada al alcance del número de miembros establecido‑, la
humanidad tiene que continuar creciendo. La vida de la gracia presupone la
vida natural. El organismo corpóreo-espiritual de la mujer está formado
para la función de la maternidad natural, y la procreación de los hijos ha
sido ratificada por el sacramento del matrimonio y de este modo asumida en
el proceso vital de la Iglesia. Pero la participación de la mujer en la
maternidad espiritual va mucho más allá; ella está llamada a favorecer en
los niños la vida de gracia. La mujer es un órgano inmediato de la
maternidad sobrenatural de la Iglesia y participa de esta maternidad
sobrenatural. Y eso no se reduce sólo a los propios hijos. El sacramento
del matrimonio incluye fundamentalmente la misión recíproca de favorecer o
hacer nacer la vida de gracia en el cónyuge; además es propio de la madre
incluir en su preocupación maternal a todos los que viven dependiendo de
ella; y, finalmente, es misión de todo cristiano suscitar y promover la
vida de fe en toda alma, siempre que sea posible. La mujer está llamada de
modo particular a esta misión, por la peculiar posición en que ella se
encuentra frente al Señor.
La narración de la creación pone a la mujer junto al hombre como ayuda
proporcionada, para que obren juntos como un ser único. La carta a los
Efesios representa esta relación como una relación entre cabeza y cuerpo,
como un símbolo de la relación entre Cristo y la Iglesia. Por eso hay que
ver en la mujer un símbolo de la Iglesia. Eva, que nace del costado de
Adán, es un símbolo de la nueva Eva ‑por tal entendemos a María, pero
también a la Iglesia entera‑ que nace del costado abierto del nuevo Adán.
La mujer ligada por un matrimonio auténticamente cristiano, es decir, por
una unidad de vida y de amor indisoluble con su esposo, representa a la
Iglesia, esposa de Cristo. Esta personificación de la Iglesia es más
íntima y perfecta en la mujer que, cual sponsa Christi, ha consagrado su
vida al Señor y se ha unido con Él con un vínculo indisoluble. Ella está a
su lado como la Iglesia, como la Madre de Dios, que es el prototipo y
célula germinal de la Iglesia cual colaboradora en la obra de la
redención. El don total de su ser y de toda su vida, le hace vivir con
Cristo y colaborar con Él; lo cual significa también sufrir con Él y morir
esa muerte de la que surge la vida de gracia para la humanidad. Y así la
vida de la esposa de Dios se enriquece con la maternidad espiritual sobre
toda la humanidad redimida; y no existe diferencia si ella trabaja
directamente entre las personas o si ella con el sacrificio trae frutos de
gracia, que ni ella ni ningún otro ser humano tiene conocimiento.
María es el símbolo más perfecto de la Iglesia porque ella es prototipo y
origen. Ella es un órgano particularísimo: el órgano del cual fue formado
todo el Cuerpo místico, incluso la misma Cabeza. Por su posición orgánica
central y esencial se la llama gustosamente el corazón de la iglesia. Las
expresiones cuerpo, cabeza y corazón son
imágenes con las que se pretende expresar una realidad. La cabeza y el
corazón desempeñan en el cuerpo humano unas funciones fundamentales: los
otros órganos y miembros dependen de esos dos en su ser y actuar; y entre
cabeza y corazón hay una conexión especialísima. Lo mismo sucede con María
que por su especial unión con Cristo necesita de un ligamen real
"entendido como místico", con todos los otros miembros de la Iglesia,
unión que supera cualitativa y cuantitativamente la unión que se da entre
los miembros, unión semejante a la existente entre madre e hijo, superior
a la existente entre los hijos. Llamar a María como Madre no es una simple
imagen. Ella es nuestra Madre en sentido real y eminente, en un sentido
que trasciende la maternidad terrenal. Ella nos ha generado a la vida de
la gracia cuando se entregó a sí misma, todo su ser, su cuerpo y alma a la
maternidad divina.
Por todo esto ella nos es muy cercana. Nos ama, nos conoce, se empeña en
hacer de nosotros lo que tenemos que ser; sobre todo, nos quiere conducir
a la unión más íntima con el Señor. Esto es válido para todos los hombres;
para la mujer tiene necesariamente una importancia particular. En su
maternidad natural y sobrenatural, y en su esponsalidad con Dios, continúa
en cierto modo la maternidad y esponsalidad de la Virgo‑Mater. Y así como el corazón
de una mujer nutre y sustenta todos sus órganos corporales, así podemos
creer que María colabora allí donde una mujer cumple con su misión
femenina, igual que está presente la colaboración de María en todas las
actividades de la Iglesia. Pero puesto que la gracia no puede actuar en
las almas si éstas no se abren a su presencia, del mismo modo María no
puede realizar plenamente su maternidad si los hombres no se le abandonan.
Las mujeres que desean corresponder plenamente con su vocación femenina,
en todos los modos posibles, alcanzarán su fin de un modo más seguro si,
además de tener presente la imagen de la Virgo‑Mater y tratar de imitarla
en su actividad formativa, se confían a su dirección y se abandonan
totalmente a su guía. Ella puede formar a su imagen a todos los que le
pertenecen.
Aquí hemos señalado los peldaños que conducen a la mujer a su puesto,
querido por Dios, dentro de la Iglesia: ser hija de Dios, ser órgano de la
Iglesia para la maternidad física y espiritual, símbolo eclesial y sobre
todo hija de María. ¿Qué puede hacer el hombre, y especialmente la mujer
para orientar a la juventud femenina por este camino?
2. Orientar a la juventud hacia la Iglesia
Por su carácter maternal eclesial, la mujer está llamada en la Iglesia a
la formación cristiana de la juventud, especialmente de la juventud
femenina. El primer objetivo consiste en conducir a la adopción divina,
para lo cual el primer paso esencial es el bautismo. Esto es generalmente
tarea de los sacerdotes, si bien los padres son los primeros que tienen
que preocuparse de ello. Con el bautismo nace el hijo de Dios, que es hijo
de la Iglesia. La vida de gracia en el niño es como una pequeña llama que
tiene que ser protegida y alimentada. Protegerla y alimentarla en los
primeros años es una misión sobre todo de la madre.
Protegerla significa ampararla de todo soplo que pudiera apagarla. Se
apaga con la incredulidad y el pecado, lo cual le es posible al niño sólo
después de que ha alcanzado el uso de la razón y de la libertad. Pero
incluso antes es necesaria la vigilancia porque pueden entrar en el alma
partículas venenosas antes de que se haya despertado la vida espiritual.
Todo lo que se presenta ante los ojos del niño, lo que entra por sus
oídos, lo que estimula sus sentidos, influye sobre él incluso antes del
nacimiento y puede provocar en su alma impresiones cuyas consecuencias en
su vida futura son imprevisibles. Por eso la madre tiene que conservar
pura la atmósfera en la que vive el niño. Tiene que preocuparse también,
de ser y mantenerse pura, y procurar, en la medida de lo posible, mantener
lejos del niño a las personas que no gocen de su confianza. La pequeña
llama se alimenta, antes de que el niño alcance la razón, con la oración
de la madre y la protección de la Madre de Dios, a quien el niño ha sido
confiado. En el momento en el que se despierta la razón, comienza la
posibilidad de una formación directa. El niño tiene que aprender a conocer
y a amar al Padre del cielo, al niño Jesús, a la Madre de Dios y al ángel
de la guarda. Con el desarrollo de la razón se hace posible la
profundización en el mundo de la fe. El corazón, puro y no corrompido del
niño, no encuentra dificultades para eso; más bien muestra un deseo
continuamente creciente. Y apenas la razón se muestra abierta, hay que
admitirlo en las fuentes de la gracia, en los sacramentos. Estos son los
alimentos más sustanciales de la vida de la gracia y la defensa más eficaz
contra los peligros que en estas edades son inevitables: las influencias
externas, múltiples y a veces incontrolables.
Si en los primeros años se ha colocado un fundamento sólido y seguro de
formación religiosa, el trabajo de la escuela es fácil. Pero sabemos que
hoy muchas madres no cumplen con esa misión; cuántos niños llegan a la
escuela sin ningún conocimiento de la fe; cuántos están influenciados por
la incredulidad de la familia o de la calle; en cuántos la pureza del
corazón ha sido dañada por lo que han visto y oído desde la más tierna
infancia y que obstruye en ellos el camino para una libre adquisición de
las verdades divinas. Pero la empresa no está del todo perdida si el niño
encuentra en la escuela lo que le ha faltado en casa: la dirección de una
educadora materna, pura, unida a Dios y que lo introduce en la vida de la
fe. En el corazón del niño hay, incluso en aquel que ha sido tocado por el
pecado, un deseo intenso de pureza, de bondad, de amor, unas ansias
inmensas de amar y confiar. La maestra que se presenta como una auténtica
madre, enseguida les conquista y puede conducirles donde quiera. Es casi
inevitable el ligarles personalmente a sí; pero ella no tiene que quedarse
en esto; su fin será el conseguir la instauración en ellos de un contacto
firme e inmediato con el mundo de la fe, ligamen que permanece incluso
cuando el influjo cesa, y que permanece sin alterarse frente a influencias
peligrosas de otras partes.
En los primeros años de escuela, las narraciones bíblicas, expuestas con
vivacidad, influyen fuertemente sobre la fantasía y el ánimo. Las
prácticas religiosas incluidas en la vida escolar, (sensibilidad por el
año litúrgico, preparación de la Navidad, altar y canciones de mayo,
visitas comunes a la iglesia con oraciones y cantos bonitos), crean
hábitos preciosos y entrañables. Pero sería peligroso fiarse de la
fantasía, del sentimiento, de la fuerza de las buenas costumbres; sería
como desconocer la fuerza inmensa de las pasiones y de las grandes crisis
de la vida; sería desconocer la naturaleza femenina, en la que ciertamente
la fantasía y el ánimo (con esto se entiende el dominio de los
sentimientos y de las emociones) fácilmente se encienden y arrastran, pero
que no son el centro vital del que dependan las decisiones más
importantes.
La formación religiosa para que sea duradera tiene que estar anclada en
valores objetivos, y tiene que contraponer a las potentes realidades de la
naturaleza, las realidades aún más potentes de la gracia. Por eso es
necesario preparar cuanto antes para la recepción de los sacramentos,
preocuparse por un acercamiento frecuente a los mismos y exhortar a la
comunión cotidiana. No menos necesaria resulta la preparación para una
recepción fecunda de los sacramentos; los sacramentos hay que
comprenderlos en su auténtico significado; la gran realidad sobrenatural
que en ellos se esconde y actúa por su medio en el alma, tiene que ser
alcanzada por la inteligencia. Eso exige una reestructuración de la
formación religiosa desde el inicio, pero sobre la base de una enseñanza
dogmática clara y profunda (exigencia que no se limita sólo a este caso,
sino que es necesaria siempre que se quiera anclar la religiosidad en
valores objetivos y se quiera orientar hacia las realidades
sobrenaturales). La formación religiosa, de hecho, tiene que poner las
bases para una auténtica vida de fe, y la fe no es objeto de fantasía ni
de un sentimiento piadoso, sino comprensión intelectual (aunque no se
trate de penetración racional) y adhesión de la voluntad a las verdades
eternas; la fe plena y formada es una de las acciones más profundas de la
persona en donde se realizan todas las potencias. Los sentidos y la
fantasía mueven la inteligencia y son necesarios como punto de partida;
los movimientos del ánimo estimulan la voluntad a adherirse, de ahí que
sean una ayuda preciosa. Pero si se contenta con eso, si no se estimulan
los actos propios de la inteligencia y de la voluntad, difícilmente se
formará una vida de fe auténtica.
¿Quién se atrevería a contestar la inteligencia y la voluntad de las
jóvenes? Significaría negarles el pleno carácter humano. Lo que no les
atrae es el conocimiento abstracto, puramente intelectual:
quieren entrar en contacto con la realidad y quieren abrazarla no sólo con
la inteligencia sino con el corazón. Precisamente, porque su naturaleza
les lleva a poner toda su personalidad en sus actos interiores, se sienten
muy atraídas por la fe, que exige de toda la persona y de todas sus
energías; es más fácil llevarles a ellas la vida de fe que a los
muchachos. Mientras que la enseñanza memorística de las frases
incomprensibles del catecismo resulta desastrosa, introducir en los
misterios de la fe resulta muy fructífero. Cuando el evangelio de la
Navidad, la celebración navideña con los dones del Niño Jesús y el encanto
misterioso de la noche santa, abren al conocimiento de María y del Niño
que conquistan los corazones, surge espontáneo el deseo de acercarse a
ellos y conocerlos más profundamente. Entonces, éste es el momento
oportuno para señalar los misterios de la Encarnación y de la excelsa
vocación de la Madre de Dios. Así se despierta la comprensión de la íntima
unión que nos une con el poder sobrenatural, suscitando un confiado
abandono para toda la vida. La narración evangélica de la última Cena
prepara el terreno para una profunda introducción en el misterio
eucarístico; la pasión y la resurrección sirven para introducir en el
misterio de la redención, en el auténtico significado del dolor, de la
muerte y resurrección. La exposición de los misterios cristianos tiene que
conducir a una transformación en la vida práctica. Esto sucederá sólo si,
quien explica a las niñas estos misterios, está compenetrado y conformado
con estos misterios; y sólo si la oración litúrgica es expresión de su
vida litúrgica, entonces será de
provecho y eficaz su labor formativa religiosa.
Frecuentemente se ha destacado que las mujeres, debido a la unidad de su
ser, consiguen más fácilmente empapar de fe toda su vida; ello implica que
fácilmente están en grado de ofrecer una enseñanza vital formativa de la
religión. De todos modos será más fácil para ellas influir de modo
decisivo sobre las niñas. No quiero con ello aludir a
una limitación de la influencia del sacerdote, lo que pretendo afirmar es
que la importancia de la mujer en la educación de la juventud tiene que
ser subrayada. Acción que no tiene que traer solamente fruto en el sector
de la enseñanza de la religión (por muy fundamental que éste sea), sino en
toda enseñanza escolar y también fuera de la escuela.
Cuanto mayores son los peligros a los que está expuesto el niño fuera de
la escuela, en casa o en la calle, ‑al menos cuando la escuela no es
confesional‑, más necesaria se hace la protección del niño fuera de la
escuela por parte de la Iglesia. La Ayuda al Niño, asociación nacida
en algunos lugares por iniciativa privada, tendría que estar organizada a
gran escala, y poner las bases para la formación juvenil, porque
precisamente en los primeros años es cuando se puede poner el fundamento
sólido de la religiosidad para toda la vida. Todo sacerdote y toda maestra
sabe lo difícil que es la formación de las niñas ‑especialmente en el
campo religioso‑, durante los años de la pubertad; hay muy pocas
posibilidades de éxito si anteriormente no se hizo nada sólido que pueda
resistir esta tempestad de la pubertad. Hay muchas quejas porque el
trabajo en asociaciones juveniles tiene poco éxito; esto depende
ciertamente del hecho de que se ha comenzado demasiado tarde y,
precisamente, en la edad del desarrollo, que es la menos indicada.
Naturalmente una asociación de Ayuda al Niño que quisiera desarrollar un
trabajo que diese frutos, tendría que contar con un buen número de
educadoras. No creo que fuera imposible conseguirlo sí se dirigiese la
atención hacia la gran cantidad de jóvenes maestras desocupadas y se les
diese la necesaria formación religiosa, psicológica y pedagógica.
(Ciertamente habría que examinarlas detenidamente antes de confiarles este
trabajo). Incluso entre las responsables activas de las asociaciones
juveniles habría algunas que estarían contentas y dispuestas a dedicarse
al trabajo con los más pequeños.
El primer paso en la formación religiosa, introducir en la filiación
divina, tendría que llevarse a cabo en los primeros años de vida y venir
en adelante continuamente repetido y profundizado. Así los años de la
adolescencia quedarían libres para un paso ulterior que habría que
afrontar en esa edad: preparar a la mujer para que asuma su lugar en el
Cuerpo de la Iglesia. Y habría que aprovechar la crisis que vive la
adolescente en el cuerpo y en el alma, y que tanto la absorbe, para
hacerla comprender la grandeza y el sentido sagrado que encierra lo que
ella experimenta en sí misma.
A esta tarea está llamada en primer lugar la madre. ¡Pero qué pocas son
las madres, incluso entre las buenas y concienzudas, que están en grado de
asumir este papel! Incluso para el sacerdote (catequista o director
espiritual) es una tarea casi imposible. El puede que haya estudiado
psicología y tenga una larga experiencia con muchachas, pero el alma de la
adolescente permanece para él como una tierra desconocida (y cuanto más
sepa de psicología más clara le resulta esta realidad). Le falta, en este
problema tan delicado, la seguridad, la libertad y desenvoltura necesaria.
Y si tuviese todo esto, la desenvoltura le faltaría a la adolescente y
sería muy difícil conseguir que la alcanzase. Incluso las mujeres maduras
difícilmente consiguen hablar con objetividad y libertad sobre los temas
de la vida sexual, porque para ellas son problemas que van
indisolublemente unidos con su personalidad íntima. (Serenidad y
objetividad en este campo pueden alcanzarse con una exposición
auténticamente científica, sobre todo médica; pero aún mejor si va
acompañada por la valoración sobrenatural que hace accesible a una sobria
consideración objetiva la misma personalidad íntima). Pero las muchachas
en su adolescencia, edad en la que muy poco comprenden de sí mismas y de
las cosas en general, y para las cuales toda argumentación tiene un
carácter misterioso y sensacionalista, y que en el sacerdote ven un hombre
ante el que se avergüenzan, muy difícilmente podrán llegar a asumir ante
él una actitud justa.
Para la educadora es mucho más fácil todo esto si tiene libertad para
desenvolverse, una actitud que nace de la consideración de estos hechos
naturales a la luz de la fe. Y si por experiencia tiene un conocimiento
íntimo de las muchachas y goza de su confianza plena, fácilmente
conseguirá afrontar los problemas que les queman dentro y hablar del modo
exacto: un modo general y objetivo que evita la impresión de querer entrar
en el ámbito personal; pero también de modo que cada una pueda encontrar
la respuesta a las propias dudas, y eventualmente la valentía de buscar la
solución a particulares dificultades con un coloquio personal. En estos
años habría que ofrecer una conceptualización clara, plenamente católica
del matrimonio y de la maternidad. Las adolescentes aprenderían de este
modo a ver el desarrollo que experimentan dentro de sí como una
preparación a su vocación; esto les daría la fuerza para superar bien la
crisis, para poder ayudar ellas mismas, como madres o educadoras, a las
generaciones que les siguen.
Hay que explicar la maternidad en su sentido verdadero; no sólo natural
sino también sobrenatural. Por eso es necesario aclarar que la maternidad
sobrenatural es posible independientemente de la maternidad física. Esto
es muy necesario para que las que no lleguen al matrimonio, puedan dirigir
su vida de un modo correcto. Tendrán que entrar en la vida profesional,
dispuestas a conducir allí toda su existencia, pero dando a su vida un
rostro auténticamente femenino. A esta disposición tan importante tendría
que preparar también la escuela: durante las clases de religión y en las
otras horas, siempre que surja la oportunidad de hablar de la vida futura.
Esta disposición tendría que influir profundamente en el momento de elegir
una profesión. En los años de trabajo común en las asociaciones femeninas
tendría que profundizarse en esto y traer las consecuencias prácticas que
conlleva. Es de suma importancia que las jóvenes vean en su educadora un
ejemplo vivo de maternidad y participen de esos frutos.
Considero de extrema importancia la comprensión profunda de la maternidad
virginal de María y de su asistencia maternal a las muchachas que se
preparan y a las mujeres que cumplen con su vocación femenina. Lo que dije
sobre la importancia de la dogmática para toda formación religiosa,
quisiera repetirlo y subrayarlo en relación con la devoción a María.
Tendría que ser explicada con toda su eficacia y basada sobre los firmes
fundamentos dogmáticos. Las tradiciones devocionales marianas, presentes
en muchas congregaciones, no me parecen muy eficaces hoy en día. Las
poesías y preces a la Virgen, los símbolos de colores y banderas marianas,
ciertamente ejercen un encanto sobre los niños; son además expresión de un
auténtico amor mariano y a menudo han abierto las puertas de la gracia a
los incrédulos. Pero la experiencia no puede negar que en muchos casos ya
no sostienen a las jóvenes ante ciertos peligros a los que están
expuestas. Ante el peso real de la tentación y de las pasiones fácilmente
caen los medios simples de la psicología y la estética. Sólo la fuerza
desplegada del misterio puede salir triunfante. Sólo la joven que ha
comprendido la grandeza de la pureza virginal y de la unión con Dios,
luchará seriamente por la propia pureza. Sólo quien cree en el poder
ilimitado del Ausilium
Christianorum, se confiará a su protección, no sólo con las palabras
pronunciadas en los labios, sino con un acto de entrega íntimo y potente.
Y quien está bajo la protección de María, está bien custodiado.
Profundizando en la mariología se profundiza también en la idea de
sponsa Christi. Para completar una buena formación cristiana es
necesario tomar conciencia de la propia excelsa vocación de estar al lado
del Señor y conducir la propia vida en unión con Él.
Ninguna vida de mujer es vacía o pobre, si está iluminada por la alegría
sobrenatural. Este tiene que ser el fin de la educación de las jóvenes:
entusiasmarlas por el ideal de hacer de la propia vida un símbolo
misterioso de la unión de Cristo con su Iglesia, con la humanidad
redimida. La muchacha que llegue al matrimonio, tiene que saber que tiene
este significado simbólico excelso, y que ella tiene que honrar en su
esposo la imagen del Señor. Quien comprenda esto seriamente, no contraerá
una unión tan fácilmente; primero querrá poner a prueba a la otra parte
para ver si se le ha concedido la misión de cumplir una misión tan santa.
Y quien se decide, tiene que saber que tendrá que gastar toda su vida para
llevar a plenitud en sí y en el esposo la imagen divina; incluso en el
peor de los casos ‑por desilusión o despreocupación‑, no puede venir a
menos; tiene que saber que recibe los hijos del Señor y que tiene que
hacerlos crecer para el Señor. Y aquellas, que por elección libre o por
las circunstancias de la vida renuncian al matrimonio, tienen que creer
con alegría que el Señor las ha reservado para unirlas con Él con un
ligamen especialísimo. Tiene que conocer los diversos estilos de vida de
dedicación a Dios, sea en las órdenes religiosas o en las profesiones
terrenales. La vida claustral será más fácil de conocer en contacto con
una comunidad activa que, en la dedicación a los enfermos, a la enseñanza
o a trabajos sociales, cumple con una vocación típica femenina en la que
se realiza el amor de Cristo. También se puede hacer una peregrinación o
visita a una abadía, donde las niñas pueden conocer la oración litúrgica
en toda su belleza y majestuosidad; más fácilmente será después hacerles
comprender en profundidad esa forma de vida en la que el opus Dei ocupa el primer
lugar. La vida de Santa Teresita del Niño Jesús puede servir de
orientación hacia el jardín cerrado del Carmelo, hacia el misterio del
sacrificio de sí y de la participación en la redención a través de la
expiación. Hoy tenemos, además, ante los ojos muchas figuras de mujeres
que viven en el mundo y están íntimamente unidas con el Señor, alcanzando
un grado excelso de perfección. Se trata de un tesoro infinito que puede
abrirse a las muchachas en la lectura común, en narraciones, en
conversaciones confiadas. Existen, entre estas mujeres, educadoras que
conocen las fuentes de la vida en las que se cobijan y que llevan en sí el
fuego con el que encienden a las almas juveniles.
Quien está trabajando con jóvenes, conoce el estado de miseria y de no
preparación con el que llegan los niños a la escuela o a las asociaciones
juveniles; podría parecer demasiado elevado e inalcanzable el ideal aquí
trazado comparado con el material que se tiene entre manos. Pero si el fin
es claro e incontestable, y puesto por Dios ‑y creo que lo sea‑, la
formación tiene que tender a ello, de otro modo sería un esfuerzo vacío e
insensato. La vocación del cristiano es la santidad, y su objetivo vital
consiste en elevarse hasta ella desde la profundidad del pecado.
Es cierto que aquí se nos presenta una contradicción terrible: por un
lado, jóvenes ligeras, superficiales, sensuales, que no piensan más que en
bonitos vestidos y en amoríos; por otra parte, los excelsos misterios de
la fe. Quien pasa un par de horas a la semana con jóvenes y piensa que las
tendrá alejadas de las amistades peligrosas con buenas amistades, no
conseguiría nada. De hecho la vida exterior seduce más fácilmente que el
grupo de buenas amigas; y si éstas la desagradan un poco, no gustará más
de su compañía. Pero si la formación se inicia en la tierna infancia, se
desarrolla una continua unión de vida; si se ilumina la vida del niño con
la alegría por todas las criaturas de Dios y, al mismo tiempo, se planta
en su tierno corazón el cimiento seguro del edificio de su vida que tendrá
que elevarse hasta el cielo, y si día a día, año tras año se trabaja en
eso, entonces el fin no es inalcanzable. Por el contrario, resulta
fácilmente alcanzable porque por el puente construido hacia nosotros desde
el más allá, vienen las fuerzas enviadas desde lo alto en nuestra ayuda y
pueden actuar todo lo que el esfuerzo humano no puede alcanzar.
Hoy en día hay millones de niños huérfanos y faltos de un hogar, aunque
tengan una casa y una madre. Tienen hambre de amor, esperan una mano
segura que les levante de la miseria y de la inmundicia a la pureza y a la
luz. Y nuestra gran madre, la santa Iglesia, ¿cómo podría no alargar sus
brazos y acoger en su corazón a estos pequeños, amados por el Señor? Pero
la Iglesia necesita de brazos y corazones humanos, de brazos y corazones
maternales.
Trabajar entre los jóvenes, y sobre todo entre la juventud femenina, en
nombre de la Iglesia, es quizás la mayor misión que se le presenta hoy a
la Alemania católica. Si se cumple con esta misión, podremos tener puesta
la esperanza en una generación de madres cuyos hijos tendrán una casa, sin
necesidad de tener que confiarlos en manos de extraños como huérfanos; y
se creará en Alemania un pueblo moralmente sano y creyente en Cristo.
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En Ediciones Carmelitanas