SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS

Doctora de la Iglesia

Todo es Gracia
Tenemos en nuestra Hermana Teresa del Niño Jesús un exponente claro de la vivencia de la Misericordia en nuestras vidas. Dios rico en Misericordia nos atrae hacia si como una madre a su hijo, con entrañas de Misericordia. Teresa Martín Guerin pasó el umbral de la "tristeza" de la justicia de Dios al abandono confiado como un niño en brazos de su madre.

Mujer recia, con una voluntad acomodada al Señor nos sabe dar esa luz que nos acompaña en nuestro diario caminar, sabe afrontar las luchas de cada día, de su circunstancia y de su entorno con una elegancia digna de los mejores mártires.

Es la sencillez de la entrega en su vivir como formadora, la alegría en su vivir comunitario.  Su riqueza interior se manifiesta en los escritos.

¿Qué podía dar de sí en orden a la espiritualidad una vida tan corta y tan sencilla como, aparentemente, fue la vida de Teresa de Lisieux?

Correría grave riesgo de engaño quien creyera que Teresa de Lisieux es solamente "Teresita": una santa en miniatura, una santa de las cosas menudas escasamente importantes y peligrosamente románticas. 

 Teresa de Lisieux es un espíritu adulto, un espíritu muy serio, una escritora que lleva por debajo de su literatura la sangre viva de quien entendió al Señor como una exigencia cotidiana que es capaz de no dejar en sosiego ni el pensamiento ni el aliento poético ni la generosidad de una entrega por encima de toda debilidad o fácil consentimiento.

Hay un momento en la vida de Teresa de singular importancia: aquella hora en que Teresita, en el claustro de Lisieux, se dispone a cumplir el amoroso mandato de su Madre Priora: que escriba, que cuente la historia de su vida, que apunte sus pensamientos. Y ella, que no conocía aún sus grandes condiciones de escritora, redacta un libro tembloroso de sinceridad al que llama muy instintivamente "historia de un alma". 

Era verdad: Teresa desnudaba su alma y hacía frente amoroso a muchos de sus más escondidos pensamientos. Teresa tiene el buen gusto de no asombrarnos con sus conocimientos profundos. No los tiene. Ni siquiera posee una cultura libresca a la que podría haber echado mano cuando la pluma se le retorciera sobre el modesto papel en que apuntaba sus palabras. Teresita abre el alma y la memoria. Como los mejores escritores de memorias personales, Teresita es de una sinceridad casi febril: lo suelta todo, lo dice con estilo muy directo, hace filigranas de sencillez. Se pone en manos del Evangelio, que es su gran fuente de inspiración. 
Se pone en el alma y el espíritu de un oleaje carmelitano que va desde su maestro y padre San Juan de la Cruz hasta lo que le rezuma de aquel espíritu insobornable de su Madre Santa Teresa. Los leyó hasta el agotamiento. Los reflexionó apasionadamente. Los convirtió en masa de su pan de cada día. Y de ellos sacó también mucho del aire poético que encontramos en los versos de Teresita. Y, sobre todo, en las conversaciones de Teresita -ésas que han quedado impresas en sus palabras postreras: alguien, felizmente, se encargó de recoger aquellos suspiros finales de una de las almas más sutiles que ha podido dar la espiritualidad cristiana. Y, para completar el círculo de sus mejores manifestaciones, repásese el epistolario: se volcaba ella cuando escribía a su hermana Celina o a sus hermanos sacerdotes o a quienes, en un determinado momento, pudiera estar a la espera de sus palabras.

Lo que de mejor tiene esta doctora de la Iglesia -fue un gozo singular que el Papa Juan Pablo II hiciera de este doctorado una declaración solemne en la plaza del Vaticano- es que nos lleva y nos trae por su hermosa literatura sin necesidad de encerrarnos en un libro solo.  El lector puede ir de la historia de su alma a los versos de su espíritu y a la fervorosa entrega en cualquiera de sus cartas. Nos puede admirar el prodigio casi niño y bello de su redacción y el aire volátil de sus últimas palabras. Todo en Teresa de Lisieux -los más hermosos veintitrés años de la historia de la santidad- tiene sabor a esa "filigrana del Espíritu" de la que habló un día el intelectual francés Emmanuel Mounier.

 

© Acd Últimos datos 13/05/09 13:22:48   Web 2000-2009